Un símil, en el mundo de la creatividad, es una capacidad mental que logra explicar una cosa, con otra. El peligro, con la boca del lobo, el enamoramiento, con un camote, la sordera, con una tapia. En algunas sociedades, más que en otras, las personas suelen ser una suerte de máquinas de pensar símiles. Se comunican así, diciendo unas cosas, para decir otras. Y se entienden, o al menos eso parece.
Eso parece quiere decir que es apariencia. Vale decir, unos se hacen a los que entienden a los otros. Y van por la vida como si nada, hablando el mismo idioma pero cosas distintas y aparentando entenderse. Entonces es una existencia de símiles sin convención alguna. Un símil no es una metáfora, la metáfora, como figura retórica, transfiere el significado, no compara.
Un símil puede comparar o no, transferir el significado, o no. Como una burbuja inmobiliaria, como un corazón de hielo, de la misma manera que el más genuino interés amoroso de una persona a otra, parecido al interés de una ardilla por el partido entre Portugal y el reino Dahomey. Beso de madrastra, es un símil. Cenicero de moto, otro, que se suele usar para nombrar a ciertos críticos de arte, de ikebana y de muchos otros menesteres con el mismo rigor académico. Un volcán extinto, eso, es el alma de un hombre que tuvo todas las decisiones mal tomadas, o todos los fracasos materiales e inmateriales posibles.
Nada ya lo perturba, nada lo hiere, nada lo conmueve. Podría pararse frente a las Meninas de Velásquez y estar al mismo tiempo en la luna de Valencia. Eso, es otro símil. A una mujer a la que se le quitó la posibilidad de firmar sus propias obras, apropiadas por su pareja masculina y gorda y fuerte, se le juntaron las iras y todas las diosas poderosas hasta que al fin con el sujeto dio fin. Desde entonces, decían de ella, al pasar por una calle estrecha, al cruzar la plaza principal de pueblo, al asomarse por un balcón florido; ahí va, la señora pequeñita, la mosquita muerta.
Érase un hombre a una nariz pegado, decía Quevedo de Góngora, quizás no en modo de una comparación sino más bien de una observación más pegada a la realidad que la nariz en sí, pero no deja de ser una forma de operar el lenguaje de manera que se dice una cosa, para referirse, sin llegar al recurso del insulto, a otra.
El insulto es, por cierto, la herramienta más multiplicada en medios digitales, sobre todo cuando se trata de hacer gala de superioridades morales, bajo el paraguas de esa neo moralidad a la que se refiere Sloterdijck como una salida de los perdedores del siglo XX. En el siglo XXI, no es otra cosa, que lo políticamente correcto.
Y sí, los defensores de “el estado lo es todo”, sacan todas sus antorchas sinápticas (dos o tres) y salen a incendiar las redes y a todos los que sean disímiles, bajo el adjetivo que designa, justamente, a la doctrina de “el estado lo es todo”. Una antorcha sináptica, es otro símil, vaya a saberse de dónde salió.
Quizás de las persecuciones en el siglo XIX, a los monstruos buenos, a los que no salen del armario de los edificios de Hollywood, a los que no salen de sus dormitorios a preparar brebajes para dormir a la mujer e invitar luego a otros monstruos a la casa, a los que no salen de una luminosa oficina, como el despacho de dios en el cielo impoluto, para terminar con la vida de una patria sin destino, ni futuro, ni un perro que le ladre. Ese, es otro símil.[ Por Óscar García]